sábado, 11 de agosto de 2012

La gran llovizna


Llovía fuertemente afuera, pero a él no le importaba. Estaba muy cómodo descansando en la cama mientras pensaba en ella. No estaban muy lejos. Solo tenía que caminar un poco y listo. 

En ese momento deseaba mucho verla, ya le estaba siendo falta contemplarla. 

A propósito de la lluvia, le generaba deseos encontrados: por un lado, no quería mojarse, generalmente no le gustaba salir y quedar a merced de la lluvia; pero quería ir a visitarla, salir a caminar (sí, lloviendo) y pasarla chévere, dejar que las cosas fluyeran y no preocuparse como ese día. Contemplarla luego de las consecuencias de una fuerte llovizna. Por ella saldría en medio de la lluvia si fuera necesario (y aún si no lo fuera). 


Se estremece y le genera alegría con solo pensarlo. Pero es momento de volver a la realidad. Aunque ya no parece haber una persona que pueda consentirla, acariciarla, cuidarla y todo lo demás, por ahora a él no le corresponde hacerlo, pero anhela mucho poder estar ahí. 


Por ello ha decidido, mientras tanto, actuar normalmente dejando que ambos se conozcan con calma y se cuenten lo que se quieran contar. No hay afanes ni prisas.